- Por qué la amas? Es porque tiene éxito?
+ No, es porque no me necesita.
Nunca tuvimos un término medio. Nos queríamos a morir o matábamos por querernos. Me hiciste cruzar la línea que un día vos mismo pintaste. Me hiciste saltar semáforos en rojo, sabiendo las consecuencias. Sin embargo, yo puedo ser los viernes por la noche, y vos los domingos por la mañana. Puedo quererte los días pares y vos a mi los impares. Voy a ser quien ponga las normas y vos quien se las salte. Yo puedo ser lo que quieras, vos ya fuiste lo que queria.
Nunca entendió las despedidas, le cuesta comprender porque la gente maldice las distancias físicas, si el verdadero dolor solo se manifiesta en las distancias emocionales, y en esos términos siempre está de más despedirse.
No le gustan los finales felices porque son, al fin y al cabo, finales, y no se puede conjugar alegría y nostalgia. Siente que las sonrisas están sobrevaloradas, tienden a ser superfluas y les carcome su envidia a las lágrimas, a las que no les queda más remedio que ser sinceras porque tienen poco margen de espacio para esconderse. A estas alturas, una ha aprendido a llorar con menos manifestaciones y fuegos artificiales y con más pena, que cuando la tristeza se convierte en un hábito queda muy poco tiempo para la desesperación, los desgarros y los sentimientos de vacío que acompañan a los llantos espaciados e imprevistos.
Tiene la puta manía de hacer daño sin querer, porque sus verdades explotan en la cara de quien se atreve a escucharlas. Pero no sabe arrepentirse, nunca le enseñaron a traicionarse sí misma, ni en circunstancias especiales. Aunque tampoco cree en las mentiras, es consciente de que a ellas les debemos el mérito de seguir en pie día tras día, nunca ha aplicado sus métodos de choque contra sí misma porque solo ella sabe hasta dónde es capaz de dar.
Por dios, hay tantas cosas en las que no cree que es una utopía que nadie haya demostrado científicamente que la palabra Fe huye de sus pensamientos porque le tiene auténtico pánico a su figura. A veces se burla del miedo, pero las revanchas son terribles y le dejan cicatrices en forma de ojos grandes, rojos y cansados, que arrastran consigo las plumas del nórdico que se pegan a su pelo. Negro, que macabro, que poco sorprendente.
Nunca se ha llevado bien con su reflejo, tampoco confía en él, ni en lo que le muestra. Nadie la culpa por no sentirlo suyo, al fin y al cabo es irónico pensar que pueda existir algo que nos pertenece. De ese modo, nadie se atreve a decirle que la ironía más grande de su vida es pensar que es ella misma quien la controla, si el más mínimo guiño, roce o soplido es capaz de destrozar sus muros, esos que parecen casi impenetrables, y emborronar sus esquemas. Que vaya mérito, por cierto, poca gente se ha dado cuenta de que su historia está escrita a boli, porque detesta los lápices y lo inútil de las gomas de borrar, y correr la tinta negra tampoco es una hazaña que se deba reseñar.
Ahora hasta siente vergüenza, el ridículo de ser un poco alérgica al azúcar y no tener reservas de edulcorante para ofrecer con sus memorias. Sabe que nadie va a entretenerse en estudiar su rutina y nadie va a hacer poesía con sus mañanas, porque la canción más absurda del mundo no encuentra autores potenciales que se contenten con aspirar a ser vistos en youtube o algún zapping de latenight.
No va a protagonizar ninguna historia de amor popular y fácil de digerir, como sueña en secreto. Nadie va a envidiar sus altibajos, lo amargo de su retórica y su manera de querer envenenada, aunque ella se daría por satisfecha si alguien fuese capaz de quererla de la misma manera, arriesgándose a vivir boca abajo por hamor, a medio camino entre el primer cielo y el último infierno. Escribe hamor con h, porque sabe que de amor, simple y puro, ya no puede morirse. Quien crea que esto le produce alguna quemadura tampoco la conoce, ha llegado a sentirse orgullosa de la intensidad de sus sentimientos. La misma intensidad que tiene la culpa de haberse comido la castidad, la virginidad y lo platónico e ideal de su hamor, al tiempo que dejaba espacio para la fidelidad, la honestidad y la libertad, siempre a su manera.
Es caprichosa, como el destino, como la suerte, como la desgracia. Solo espero que se salte este par de líneas porque son tres máximas que detesta, capaces de crispar su rostro en la lectura, un rostro que conoce la serenidad de haberla visto en algún discurso ajeno, de pasada.
Nunca le ha resultado complicado ni doloroso practicar el desprecio, de manera moderada. Este purifica su alma de manera diferente a cualquier otro sentimiento, ahora que ya no siente las pérdidas tan hondamente. Ha encontrado una especie de equilibrio con el rencor, la rabia y la aversión que le permite admirar a todos aquellos que se encuentran en el límite entre lo aceptable y lo prohibido, quizá por eso detesta todo lo política y asquerosamente correcto.
Tiene ideas absurdas, alocadas que se mueven en los márgenes de lo absoluto y lo extremista, y no va a dedicar un segundo de su memoria a valorar atributos tales como abominable. Prefiere emplear su tiempo forzando los relojes y los cuentaquilómetros de los coches hasta límites insospechados, ella que no necesita cinturones de seguridad.
Pero, por encima de todo, ella se conoce y se entiende, por lo que mi perorata tiene como único fin arrancarle un par de sonoras y estridentes carcajadas, o quizá tres. Tómalo, si quieres, como uno de los mayores retos literarios de mi recién estrenada carrera sin fondo.